2009/04/01

Willy Crook: yerba mala nunca muere

Rompe todo. Con pose de primate, mandril enardecido, Willy libera con violencia todo lo que se agita, igual que manglares en llamas, en los laberintos de su mente. Sus brazos y sus piernas se arremolinan con intenciones arteras. Arma metálica su cuerpo. Cinco policías no bastan, no lo pueden controlar, nunca. Sus dreadlocks electrizados por la tensión se encrespan hasta parecer los cabellos crepusculares de una medusa. Sus jeans se rajan como si no pudieran contener su cuerpo. Los vidrios de la comisaría hieren los brazos de Willy mientras caen hechos añicos al piso. Willy vitricida. Su cólera, su bien llamada cólera, es en estos momentos, una de las variantes de la libertad. Su cerebro un avispero donde sobrevuelan tucanes. ¿A que le llamas ponzoña, viejo amigo? Redoblan los esfuerzos para contener a la fiera. Alguno de los efectivos tiene la idea de lanzarle un dardo, una pichicata de calmantes como a los tigres. Ahora salta, llevándose para arriba, con toda la potencia delirante del impulso a dos policías. Las piernas en el aire. Su energía parece no tener límites esta noche igual que aquella noche en la Boca. Entre gritos desaforados, propios de la danza explosiva que realiza parece ir hilvanando una suerte de manifiesto libertario, tiene tiempo y lucidez para bajar línea, intercala conceptos entre su melodía de aullidos guturales. Dos o tres palabras le bastan. Latigazos de verdad descontrolada. Tumba de mierda- grita, como si fuera más importante calificar el lugar donde se debate como un titán que sacarse de encima a los cinco tipos que los están cagando a machetazos. Yo soy nadie- intenta persuadirlos revelándole una gran verdad filosófica que atañe a todos lo hombres. No puede saber Willy que sus palabras se pierden entre el olor a muerto del pasillo de los calabozos. Su nariz sangra, mana copiosa sangre que se le pega en el pecho igual que un tatuaje resplandeciente. Los ratis suplican que se detenga que deje de llenarlos de moretones. El comisario saca la pistola y se la hace sentir en la nuca. Willy sabe a que corresponde ese frío.
Hijo de puta- le grita con tono resignado. Al comisario le transpira el ano de terror.

El Mono me pregunta si Skay me ha comentado algo sobre Willy Crook.
No para nada -le contesto.
Parece que una chica telefoneó desesperada a casa de Skay diciéndole si podían venir a ver a Willy. La que atendió en ese momento fue Poli. Le preguntó que pasaba y la chica le dijo que Willy estaba muy mal y que temía por su vida, que se atrevió a llamar porque en los últimos días Willy no paró de hablar del Indio y de Skay. Mis viejos hermanitos mayores, dijo que decía con lágrimas en los ojos.
Creo que no veo a Willy desde aquellos Obras donde estuvo de invitado junto al Gonzo. La tesitura demoníacamente jovial del carácter de Willy a sido el pase perfecto para que el paso del tiempo, esa brecha en la inmensidad de los días en que no estuvimos juntos, se haga imperceptible. Crock parece estar eternamente en una larga conversación, el mismo tono saturnal y anestesiado, extraído del más oscuro pulmón de la madrugada, las mismas observaciones de gladiador nocturno y de artista maldito. No miento si digo que en las pocos encuentros que tuvimos en la última década dejamos palabras pegadas a la copa de bourbon, palabras que retoman su fraseo en el próximo encuentro, en el próximo trago.
El carreteo de Willy es feroz. Desde los doce años que sus músculos luchan incansablemente contra toda la mitología de la noche. No es ya la noche lo que necesitas, querido Willy, sino su fuerza.Puede que su brutal resistencia lo lleve librar este combate hasta los noventa años pero también es muy previsible que sobrevenga en el una suerte de caída, Como la que evidentemente debe estar sufriendo.
Según lo que contó Skay, lo vió en lo que denominó el octavo hervor del alcohol, tratando de denominar los síntomas de una acumulación millonaria de resacas. Cualquiera que ha bebido sabe que los coletazos de la bestia líquida adquieren intensidad en la repetición. El jueves un ligero mareo, el viernes aceleración y sudor, el sábado pesadez delirante, el domingo pesadilla, alucinación y más sed.
Una vez cuando ya habíamos entrado en confianza con el joven Willy y a pedido de Symns Willy narró una terrible pelea que libró contra ocho o diez tipos en un boliche. Los tipos se la había agarrado con Miguel Abuelo, lo trataban de puto y no se que más. Abuelo que también era peleador, los encaró a trompadas hasta que lo bajaron. Fue el momento en que Willly se transformó, veía todo blanco de la rabia , nos decía. Me lo imagine a Willy sus rulos enmarañados y sus ojos que destilarían fuego, planchar a cabezazos a tres o cuatro tipos y después aplastar con un matafuegos a los que quedaban. Un Aquiles etílico en una Ilíada porteña. Abuelo Menelao se levantaba del piso a ver los cadáveres. Las palabras de Willy eran realmente épicas se consustanciaban en absoluto con la epopeya. Relato quebrado y pletórico de golpes.
Cuando Skay me dijo que no sabía que hacer, la imagen de ese Willy salvaje detuvo un poco mi preocupación. Nadie que de una lucha tan febril puede ser vencido por un líquido. Yerba mala nunca muere -le dije a Skay con una semisonrisa. Mañana seré yo quién vaya a visitarlo.

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