2009/08/05

Diplodocum Red & Brown

Me cuesta dejar los pinceles, las espátulas, los viejos adminículos que hicieron grande a Modigliani y a Van Gogh o sencillamente a mis viejos lápices de esfumador y a las ya antiguas rotling punta de acero.
Así que mientras incursiono en los avatares del dig-it
no dejó que mis viejos vicios de pintor y dibujante se dejen llevar del todo por el tsumani implacable de las nuevas tecnologías. Dibujo rostros, cuerpos, cuerpos cada vez más lascivos e hirsutos. Símiles de bestias tan modernas que tienen el paso simiesco de los neandertales. Allí paradoja. Encuentros transculturales en el planos interpolar del tiempo. No hay nada tan moderno como el fuego. Mi mano. Mi vieja mano se mueve con las mismas inquietudes que cuando tenía doce. Pese a la tirantez, a las pecas anaranjadas, a los huesos cansados que la sostienen no deja de tener esa vivacidad maldita, ese querer penetrar la oscuridad maciza del volumen, atravesar la verticalidad sumisa de los cuerpos. El lápiz dibuja por tercera vez una entrepierna femenina. La primera enflaquecida, la segunda entumecida hacia adentro. Hasta donde quieren trepar mis dotes espaciales de pornógrafo delirante y místico. Quizá se atrevan a entrometerse con los salvajes gruñidos de un orgasmo súbito. Podrán mis lápices dar cuenta de una sexualidad encubierta y a la vez expuesta en el diagrama de sus infinitas manifestaciones. Siente mi mano la antigüedad de lo prohibido. En cada trazo que delimita cada uno de los pendejos que dibujo siento, allá lejísimo la voz insepulta de los inquisidores clamando. He aquí el vértigo. Desde que la exposición de cuerpos se dio a ostentación masiva, desde que la desnudez es la nueva ropa del futuro, el pulso del pornógrafo ha perdido su libido para convertirse en las líneas descriptivas de un aséptico naturalista.
Mi hijo me pregunta que hora es. Sabe que le he prometido ir al cine. Que juntos con su madre hemos decidido hacernos una escapada de Leloir para ir a un multicine en el oeste de Buenos Aires a ver la nuevas creaciones de Pixar. Le digo que falta, que falta un buen rato todavía, que no se desespere que esta vez no le fallaremos. Lo que pasa a menudo es que a último momento, cada vez que intentamos salir tanto a mi compañera como a mí nos agarra la misma paranoia de siempre, la misma puta irritación de vernos por anticipado invadidos a cada paso que damos. Que se le va hacer pero las cosas son así.Y uno a elegido de algún modo de que así sean. De la mano de Bruno pende un dinosaurio. Extraña relación de los pibes con estos animales. Todavía no llego a comprender del todo que es lo que los atrae de esa forma tan contundente. Se muy bien que no es solo Bruno el fans de los tiranosaurus rex y cía. Que todos sus amiguitos también los son. En mi infancia no existieron. Lo más parecido que me ha tocado vivir como niño es algun dragón que se escapaba de un cuento. Voy a insistir en determinar cual es intima relación que une a los chicos con los gigantes del cretácico. Tomo uno de los bichos uno de cuello extremadamente largo con el lomo verde y lo doy vuelta. En la panza llevan incrustado el nombre. Diplodocum. Diplodocum Red & Brown.No puede no salirme de la mente el nombre de esa banda Me pregunto si la infancia feliz de niño rico de los hermanos Beilinson pudo tener acceso a juguetes que solo se conocerían en un futuro todavía muy lejano. Como fue capaz de ponerle el nombre de un dinosaurio a su conjunto adolescente. Bruno me tira de la mano y busca que me tire al piso con el. Me dice que ponga el disco ese. No se si se refiere a uno de Emerson Lake and Palmer que me vio escuchando el otro día y del que dijo que era música para dinosaurios o si se refiere a algunos de sus discos infantiles. Apago las luces y dejo que solo el reflejo de luz que viene del exterior nos ilumine. No he encontrado el disco que me solicitó Bruno pero si el de un japonés que hace una extraordinaria música incidental. “Volcanes y jazmines” así se llama. Y es los que busca Bruno, ponerle música de fondo a la marcha de sus dinosaurios. Así que ahora estamos los dos tirados de panza contra el piso, cuerpo a tierra, apenas iluminados por las luces de afuera, siguiendo la marcha de una manada de dinosaurios rumbo a no se donde hoy puede ser hasta la puerta del baño o a la salida al parque. Es último de los juegos preferidos de Bruno. Hacer atravesar la casa de punta a punta con la caravana de sus fieles amigos. Una curiosa peregrinación en busca del reino perdido. Un viaje propulsado y animado por los desplazamientos de víbora de su padre. Que termina con los músculos entumecidos y la garganta más gastada de lo que la tiene por prestarle su voz al grito de los animales prehistóricos. Pero dedo decirlo con algo de su pesado corazón liviano como un globo de gas al borde de la más completa felicidad. Le digo a Bruno que detenga la marcha de sus dinosaurios que los deje ahí donde están. Que no los mueva. Ahora el que juega soy yo. Ahora el que da las ordenes soy yo. Bruno me mira alelado. No sabe que la foto que estoy tomando formará parte del interior del nuevo disco. Todavía no.
Guardo la foto en el pendrive y prendo las luces los dinos no han llegado a destino pero ya es hora de bañarse. De cumplir con nuestra propia travesía de dinosaurios, ja. La madre lleva a su hijo a bañarse. El padre de una familia muy normal posa frente al espejo probandose distintas pelucas, distintos bigotes postizos, gorras de beibolista y una interminable colección de anteojos de sol, ja. Utilizo la tercera persona para delindarme de ridiculeces. Jamás en mi vida pensé que tendría que hacer esto para salir. Mimetización humana. Camouflage para la vida social. Mutación. La verdad que todo este asunto me tiene cansado. No soporto más los labios irritados por el pegamento del bigote. Esta vez voy a salir sin nada.

1 comentario:

Mauricio dijo...

increible...